Por Edgar Eduardo Ramos Laverde
En estos momentos de globalización y de negociaciones comerciales orientadas hacia el Tratado del Libre Comercio de los países Andinos con los Estados Unidos, se abordan temas como el del cambio de nuestras costumbres. Ya lo afirmó el presidente de un canal privado, Pablo La Serna cuando dijo: “Me parece grave que una mentalidad extranjera nos enseñe cómo manejar la identidad colombiana”
Nosotros, nos alejamos de nuestra propia identidad, para abrirle la puerta a la expansión de nuevas culturas, impulsadas por los medios masivos de comunicación. Para no ir tan lejos, las novelas, ya no las producimos, están colmadas de extranjerismos y nos han cambiado los productos que en tiempos no lejanos eran productos de la tierra, como Betty la Fea, Café con Aroma de Mujer, Don Chinche, La Mujer del Presidente, que llevaban el sello de nuestra América del Sur. Ahora contienen el mismo argumento, con ausencia de ese paisaje nacional de las zonas cafeteras, de los cañaduzales, como pudieron verse en los años ochenta con “Azúcar”, ambientada por las hermosas tierras del valle del Cauca.
Ahora la música tiene otra manera de expresión. Rafael Escalona, Lucho Bermúdez, Alejandro Durán, José Alejandro Morales, no pasan de ser unos locos, comparados con las letras de un rock metal, que con el debido respeto, no son más que ritmos que incitan al sexo, al desorden, en el afán por mostrar una cultura joven, irreverente, traída de otras fronteras, mientras el Castellano de nuestro amigo Cervantes sigue maltratado por tantos locos hidalgos que esperan ver a un país con una cultura comercializada y pocos rasgos de lo que es nuestro de verdad.


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