GLORIAS PERDIDAS EN EL TIEMPO 

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Por Hugo Edilberto Ramos

Nocaima Cundinamarca Colombia
Enero 16 de 2026

A través de la historia, la humanidad ha contado con muchas personas, cosas y costumbres interesantes que por diferentes causas se han desvanecido de la memoria. La historia no las registró porque a nadie se le ocurrió que eran importantes y algunas fueron destruidas bajo la mirada impotente o desinteresada de las comunidades, que hoy lamentan no haber defendido lo que podrían ser riquezas patrimoniales de los pueblos. Nuestras páginas han registrado algunos de esos personajes, porque Nocaima y la provincia han visto partir de sus entrañas hombres interesantes, obras que jamás debieron desaparecer de nuestro entorno. Hubo soñadores como Antonio Rodríguez, Ismael Bohórquez, Luis Alfonso Valbuena, Pablo Linares, Reinaldo Guzmán León, Ernesto Delgado, Carlos Quintero, entre tantos líderes, que por norma de la vida se fueron a su eterno descanso. De nuestro terruño han desaparecido muchas cosas y cada vez somos más indiferentes a este tipo de acontecimientos. Entonces sentimos la necesidad de rescatar algunas riquezas perdidas, para que las nuevas generaciones conozcan parte de esa historia que se resiste a desaparecer porque de alguna manera fue esencial en la construcción del presente que vivimos.  

Por ejemplo, vimos desaparecer la primera escuela rural de Nocaima, Puerta Grande, una construcción de adobe, pared doble, teja de zinc, incrustada en las estribaciones del cerro de donde derivó su nombre, era una reliquia que jamás debió demolerse. Por allí desfilaron las metes ávidas de conocimiento de las juventudes de medio municipio de Nocaima y parte de la comunidad de Vergara. Construida y donada por don Exequiel Hernández, era un monumento en las alturas de la geografía nocaimera. El blanco de sus paredes embellecidas con cal, jugaban con la nívea danza de la nieve que descendía del cerro antes de volar al infinito. Sus puertas y ventanas de madera pintadas de azul, dejaban ver la creatividad de su constructor, mientras las gruesas vigas extraídas de las laderas de Fical, Cañutal, Santa Bárbara y La Montaña, señalaban como testigos callados la fortaleza de esas fértiles entrañas. Por la parte de atrás una puerta también de madera porque en esa época no se conocían las metálicas, daban paso al pequeño patio donde la maestra secaba la ropa que juiciosamente lavaba en las tardes en el lavadero de tabla que los padres de familia habían construido junto a la alberca mayor que estaba sobre el camino a la Montaña. El agua era llovida, gracias a las canales de guadua que la recogían del tejado y la depositaban con estruendo por la alta caída que tenía que soportar, porque la escuelita, como le decíamos, tenía dos pisos, en el primero estaba el aula de clase  y en el segundo el dormitorio, con dos ventanas al frente, desde donde podía divisarse el imponente paisaje de la provincia y por donde se llegaba después de subir una empinada escalera de madera que desembocaba en un amplio corredor de gruesas tablas como el piso de sus dos alcobas. Las barandas estaban casi siempre adornadas por un jardín que la maestra cuidaba con esmero, a veces con la ayuda de las alumnas más grandes, porque a las pequeñas, por seguridad, no se les permitía subir. A clases se asistía cada tercer día. Lunes, miércoles y viernes, los niños, martes, jueves y sábado medio día, las niñas; a la siguiente semana cambiaban, lunes… niñas. El sábado todos debíamos llevar escoba porque era el día del aseo general, incluyendo el salón de clase que también se barría con escoba de rama, todas las tardes, porque se estudiaba en dos jornadas, de 8 a 11 y de 1 a 4 de la tarde. Los estudiantes que vivían muy lejos llevaban su almuerzo además de las medias nueves y las onces. Todo envuelto en hoja de plátano, no se conocían los plásticos y menos los refrigerios de hoy. Los niños que llegaban tarde eran sometidos a algunos castigos: barrer el patio, quedarse sin recreo, arrodillare un rato o recibir dos o tres varazos, casi siempre con varitas que uno mismo llevaba por encargo de la maestra. En fin, la disciplina era estricta, pero aunque no lo justifique se aprendía bastante porque no llevar la lección de memoria o la tarea, era causal de las mismas medidas disciplinarias. Pasar al tablero, era tedioso porque a veces se nos olvidaba parte de las lecciones, tal vez por el susto, la timidez o sencillamente no se había estudiado lo suficiente. En Puerta Grande, no había campana, la maestra daba unas palmadas fuertes y la orden de entrar o salir del salón, para iniciar o terminar la jornada, a veces utilizaba un pito. Nos gustaba el sonido del pito.  

En las mañanas veíamos pasar a los agricultores rumbo a sus parcelas. Delfín, Ernesto, avelino, Jesús, Gilberto, Joso, nombres que todavía resuenan en mi memoria y con quienes tuve la oportunidad de compartir después algunas actividades, como los convites, por ejemplo, que hacían parte de la vida diaria de los campesinos.  

Puerta Grande era una leyenda en el alma de muchas generaciones, en las páginas de la historia sin contar, en los lodazales del camino real, en los musgos multicolores de sus alrededores que se convertían en uno más de los jardines de la escuela. Puerta Grande, se leía en letras grandes sobre un trozo de madera colocado en la parte alta de la pared del frente, donde el verde dejaba ver el estilo de la maestra al escribir el nombre de su escuelita. Puerta Grande repetía el alcalde, el cura del pueblo y los supervisores, antes de emprender el ascenso al páramo para asistir al examen final de los estudiantes quienes temblaban al verlos. De ellos dependía que aprobaran o reprobaran el año escolar, aunque la maestra repetía muchas veces, que no había que temerles si estudiaban, pues los resultados dependían de los conocimientos que cada uno llevara.  

Un día, construyeron escuelas en otras veredas y Puerta Grande se quedó solita, sin estudiantes, su jardín fue muriendo lentamente como las huellas de muchas de sus maestras: Ernestina, Silvia, Inesita, Gladys, Rosalba y otras ilustres institutoras que allí dejaron su impronta. Un día la soledad jugó con el silencio de las mañanas y el eco nocturno de tantas voces que allí jugaron a aprender con la cartilla Charry y el catecismo Astete. Un día cualquiera el tiempo dio su irremediable veredicto y la escuelita, mi escuela, nuestra escuela, fue demolida, y su excelente e irrepetible imagen desapareció del cerro, el camino silenció sus oídos, los niños dejaron de cantar y el tiempo abrazó la montaña y sembró en las nuevas generaciones el germen del olvido y el frío letal de la indiferencia y la incapacidad de sus dirigentes que no han podido entender que hay muchos líderes, muchas ideas, muchas cosas que aunque los años se conviertan en siglos, jamás deben morir. 


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